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visiones desde mi gavia

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by Silvia Cairol

En el fondo, siempre se esconde alguna cosa

(via fuckyeahbookarts)

A mis hijos les encantará esta ilustración de Matticchio, porque adoran ir a “la casa de los gatos”, donde viven mis amigos con un montón de gatos: Ocho, Matilda, Martín, Roonie, Botines, qué se yo. Soy incapaz de aprender tantos nombres, pero la casa de mis amigos es más o menos así. View high resolution

A mis hijos les encantará esta ilustración de Matticchio, porque adoran ir a “la casa de los gatos”, donde viven mis amigos con un montón de gatos: Ocho, Matilda, Martín, Roonie, Botines, qué se yo. Soy incapaz de aprender tantos nombres, pero la casa de mis amigos es más o menos así.

El libro, o los dibujos, pertenecen a la serie Storytellers, de Lotte Oldfield. Me han encantado. El mundo gris, las evocaciones de color que nos traen los libros y los contadores de historias.

Hace 60 años que se publicó un libro de relatos fundamental, El llano en llamas, uno de los libros que siempre está en la cabecera de mi cama.

Hace 60 años que se publicó un libro de relatos fundamental, El llano en llamas, uno de los libros que siempre está en la cabecera de mi cama.

Traigo a veces las portadas de The New Yorker. Siempre tienen otra manera de contar las cosas. Siempre nos llevan a territorios dsconocidos. View high resolution

Traigo a veces las portadas de The New Yorker. Siempre tienen otra manera de contar las cosas. Siempre nos llevan a territorios dsconocidos.

¿puede ser bello un papel que se quema?. Me encantan los libros.

¿puede ser bello un papel que se quema?. Me encantan los libros.

(Source: andren)

El verano es ese instante donde dejamos que el mar se lleve lo que ya no nos sirve, todo aquello a lo que somos ajenos. Bienvenido sea.
(Me ha gustado mucho esta intervención pequeñita) View high resolution

El verano es ese instante donde dejamos que el mar se lleve lo que ya no nos sirve, todo aquello a lo que somos ajenos. Bienvenido sea.

(Me ha gustado mucho esta intervención pequeñita)


Riocantos, 7, 8 y 9 de junio de 2013.

¿Pueden vivir juntos los libros y los árboles?

Un bosque y un oasis

Riocantos, 7, 8 y 9 de junio de 2013.



Fui a Riocantos a buscar un bosque, y encontré un oasis. Y para entenderlo, tuve que volver a la infancia, como hago siete veces a la semana. A mi infancia de geografía de capitales del mundo y de cuentos. Donde me enseñaron que los mapas sólo existen en la pizarra, y que los puntos de los países no están tan lejos los unos de los otros. Y que hay que vivir para contarlo.

Fui a Riocantos y me encontré con un río con piedras grandes, lisas y redondas como las de Macondo. Con dos poetas y dos creadores, dos maestras y una luchadora social, una perrita llamada Timba, un maestro, un cuenta cuentos, un titiritero y un cantautor. Y un escritor que nos enseñó que el Ruiseñor es el ave que mejor canta en todos los árboles menos en el diccionario de la real academia. Y un poeta que plantó una semilla en un libro, y salió un árbol. Y un titiritero que hablaba con sus títeres, y un crítico literario que no criticaba los libros. También había un ilustrador, y un artista, y un inspirador. Y pintamos un mural con puntitos y garabatos como los que colgaban en los árboles. Y aprendimos cómo los niños leen cuentos con onomatopeyas. Y nos enseñan a leer. Fui a Riocantos y me contaron que en Camerún, hasta hace poco, a los buenos estudiantes les regalaban lotes de libros y a los malos estudiantes les regalaban machetes. Y pregunté al cuenta cuentos si aquello era un cuento. Y me contestó que la vida está llena de cuentos.

Fui a Riocantos y llegué por un camino que se hacía cada vez más estrecho. Y que cambiaba el asfalto por la tierra. Pero ¿qué camino no es estrecho y no está lleno de curvas?. ¿Y qué tierra no alberga raíces que se convierten en árbol?.

Fui a Riocantos y empezó a llover, y me enseñaron que no hay que rendirse ni ante la lluvia.  Me lo enseñó con su actitud un hombre, culto y pedante -en el buen sentido del término- que ejercía de director de orquesta en esta armonía entre la naturaleza y las letras. Un Fellini o un Lorca. Y, si se pasaba de largo, que ocurría a veces, la gente se encogía de hombros como riendo en voz baja y se decía: “cosas de Federico”.

Fui a Riocantos y regresé a mi mar de Valencia con la mente llena de subjuntivos. Y volví a creer en la educación, y en los cuentos y en los maestros. Me contaron, además, que en Elche, muy cerca de aquí, hay un oasis hacia la carretera de Crevillente. Y quedamos allí de nuevo. Y volví a casa con la maleta repleta de cuentos. Y la cabeza de sueños.

Y sí, Lola, hija mía. Como siempre me lo preguntas te contestaré antes: mañana será cuando nos despertemos.

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