¿Y cómo os explico, hijos míos, lo que es la muerte?. ¿Y cómo os convenzo, a vuestros cinco años, que hoy estamos jugando en el jardín y mañana he desaparecido para siempre, por ejemplo?. ¿Que ya no llegaré para contaros los cuentos de cada noche, para contaros historias que sólo vosotros, con vuestro amor hacia mí, podéis creer?. ¿Y cómo os digo dónde estoy yo, o dónde está la abuelita, o dónde el perro, si ya no estamos con vosotros; si por mucho que nos llaméis, no vamos a aparecer?. ¿Y cómo asumiréis vosotros, si no es con la fuerza de la costumbre, con el pasar de los días, que alguien con el que queréis estar, no puede estar?. ¿Con quién os enfadaréis entonces?.
La muerte, hijos míos, es un castigo incomprensible, una ausencia irremediable, un vacío que sólo se puede cubrir con el olvido o con los recuerdos. Es tan difícil entenderla que yo, a mis treinta y ocho años, aún no la he podido descifrar. ¿Para qué sirve?. ¿En qué nos hace mejores?. ¿Qué aprendemos de ella?.
La muerte es una cosa en la que no pensamos. Quizás nos preparen ya desde el principio para eso. Quizás programen nuestro cerebro, en algún lugar. Dicen los científicos que los recuerdos tienen fecha de caducidad. Quizás sea para eso. Quizás sea para que los demás sigamos viviendo, a pesar de todo. Para que sigamos luchando, no sé por qué causa. La muerte es un folio en blanco, una pantalla apagada, algo de lo que nadie habla. La muerte es una habitación con la luz apagada, y la puerta cerrada.
Hoy me he dado cuenta de que la abuelita se está muriendo. Nadie me lo ha dicho, pero lo sé. Sabéis que me crié con ella los mejores años de mi vida, los vuestros de ahora. Sabéis que la adoro y que ella me adora a mí. Sabéis que cada día, cada semana, le pregunto qué tal va todo, sólo para escuchar su voz. Para saber que sigue ahí. Ella, junto a vosotros, es la parte más importante de mi vida. Y, al saber que se iba, me ha dado miedo pensar que ya lo asumía, que ya lo tenía claro, que ya sabía que tenía que llegar, que ya era mayor.
Pero me revelo. Dejad que me revele. Y digo que no. Que para mí, que ella muera, es como si para vosotros muriera yo. Que no quiero crecer así, que no quiero perder esos sentimientos de miedo de la infancia, esa tristeza porque alguien que queremos no va a estar. Dejad que diga que la necesito. Y que quiero darle la mano, y un abrazo de buenas noches, y que me despierte mañana, como tantas otras veces, y que todo lo demás me da igual; que el trabajo, y las aficiones, y las cosas que creamos, son invenciones para tenernos entretenidos. Y que no quiero que pase sólo a mis recuerdos, porque se me olvidarán detalles inconfundibles. Y que quiero tenerla ahí, porque su presencia, junto a mí, es lo que más me importa, como a vosotros os importa la mía.
Hijos míos: perdonad que os cuente esto, pero el día de mañana, cuando tal vez me leáis, cuando busquéis quién fui yo, qué hice, quiero que sepáis qué pienso de esto. No me pidáis que os explique qué es la muerte. No quiero pensarlo. No quiero asumirlo. Mejor que se quede todo así. Como ahora. Como siempre.